06/01/2026
El verano modifica de forma clara los hábitos alimentarios en Argentina. Las altas temperaturas, los nuevos ritmos de consumo y una mayor conciencia sobre lo que se come impulsan preparaciones frías, menos elaboradas y más equilibradas. Desde ensaladas completas hasta platos clásicos versionados, repasamos cuáles son las opciones que más se repiten en las mesas durante los meses de calor y por qué se consolidan como tendencia.
Cuando el termómetro supera los 30 grados, la forma de comer cambia casi de manera automática. En Argentina, el verano trae consigo un abandono progresivo de los platos pesados, las cocciones largas y las comidas muy calientes. En su lugar, aparecen preparaciones frescas, rápidas y más livianas, pensadas tanto para el hogar como para salidas gastronómicas.
Este cambio no responde solo al clima. También está vinculado a una transformación en los hábitos de consumo: menos tiempo en la cocina, más comidas compartidas, horarios más flexibles y una búsqueda clara de bienestar sin resignar sabor.
Las ensaladas dejaron de ser un simple acompañamiento para convertirse en platos principales. Durante el verano, ganan protagonismo las versiones completas, que combinan proteínas, vegetales frescos y aderezos livianos.
Pollo frío, atún, huevo, legumbres, quesos suaves y granos como arroz o quinoa aparecen como bases habituales. La clave está en el equilibrio: platos que sacian, pero no resultan pesados, ideales para almuerzos o cenas informales.
Además, este tipo de preparaciones se adapta fácilmente a lo que hay en casa, algo muy valorado en una época donde se prioriza la practicidad.
La cocina argentina no abandona sus sabores tradicionales, sino que los adapta. Durante los meses de calor, muchos platos clásicos reaparecen en versiones más frescas.
El pollo al horno se transforma en pollo frío desmenuzado; las carnes se reutilizan en ensaladas o sándwiches; las empanadas dejan lugar a preparaciones frías o picadas livianas. Incluso las pastas aparecen en formato de ensaladas, con vegetales y aderezos suaves.
Esta reinterpretación de lo clásico permite mantener la identidad gastronómica sin chocar con las exigencias del clima.
Otra de las grandes tendencias del verano es la reducción del tiempo de cocción. Sopas frías, verduras blanqueadas, preparaciones crudas o apenas cocidas ganan terreno en la mesa diaria.
Tomates, pepinos, hojas verdes, zanahorias y frutas frescas se combinan en platos coloridos y refrescantes. El objetivo es claro: evitar el calor de la cocina y priorizar alimentos que resulten livianos y fáciles de digerir.
Este fenómeno se observa tanto en hogares como en cartas de bares y restaurantes, que ajustan sus propuestas a la temporada.
El verano también potencia las comidas compartidas. Reuniones informales, encuentros al aire libre y mesas más descontracturadas favorecen platos que se puedan servir fríos, preparar con anticipación y consumir sin demasiadas formalidades.
Tablas de quesos suaves, vegetales, ensaladas grandes para compartir y preparaciones que se sirven a temperatura ambiente forman parte de esta dinámica. La comida se vuelve más social y menos estructurada.
Aunque el verano es el gran impulsor, muchos de estos hábitos se mantienen durante el resto del año. La preferencia por platos frescos, equilibrados y prácticos responde a un cambio más profundo en la forma de relacionarse con la comida.
La gastronomía argentina demuestra, una vez más, su capacidad de adaptación: conserva su identidad, pero incorpora nuevas formas de consumo que dialogan con el clima, el ritmo urbano y las nuevas prioridades.
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