04/02/2026

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El secreto inesperado que eleva las papas gratinadas a otro nivel

Las papas gratinadas tienen mil versiones, pero un detalle inesperado puede cambiarlo todo. Desde el corte hasta un ingrediente dulce opcional, esta receta demuestra cómo un plato simple puede ganar profundidad y elegancia, algo muy presente en restaurantes en Buenos Aires y cocinas caseras con ambición foodie.

Las papas son uno de esos ingredientes que nunca fallan. Están en todas las cocinas, se adaptan a cualquier método de cocción y funcionan tanto como plato principal como guarnición. Fritas, hervidas, al horno, en puré o gratinadas, su versatilidad explica por qué son protagonistas eternas de la gastronomía porteña y de muchos restaurantes en Buenos Aires.

Entre todas las opciones, las papas gratinadas ocupan un lugar especial. Cremosas, doradas y reconfortantes, parecen simples, pero esconden una serie de trucos que marcan la diferencia entre una versión correcta y otra memorable.

El corte perfecto: la base de todo

El primer paso clave está en cómo se preparan las papas. Pelarlas y cortarlas en láminas bien finas con mandolina no es un detalle menor. Ese espesor parejo permite que la cocción sea uniforme y que la textura final resulte suave y delicada.

Un punto fundamental es no lavar las papas después de cortarlas. El almidón natural que queda en la superficie cumple un rol esencial: ayuda a que el gratinado se una, quede compacto y mantenga esa cremosidad que hace que cada porción se sostenga sin desarmarse.

La importancia de la manteca y el contacto directo

Otro gesto simple, pero decisivo, es engrasar el molde con manteca usando las manos. Más allá de lo práctico, el contacto directo permite distribuir mejor la manteca y cubrir cada rincón del recipiente.

Este paso aporta sabor y evita que las papas se peguen, además de sumar ese fondo untuoso que se percibe desde el primer bocado. Detalles así son los que hoy marcan tendencia en la gastronomía porteña, donde la técnica vuelve a lo esencial.

Queso, panceta y un equilibrio justo

El relleno del gratinado combina ingredientes clásicos: crema de leche, queso que funda bien -como el Emmental- y panceta en trozos chicos. La grasa de la panceta aporta intensidad y contraste, mientras que la crema envuelve todo con suavidad.

La clave está en armar capas equilibradas, salpimentando en cada una para que el sabor se distribuya de manera pareja. Es un método sencillo, pero efectivo, muy presente en cocinas profesionales y también en propuestas de dónde comer en [barrio].

El ingrediente dulce que nadie espera

Acá aparece el giro inesperado. Para realzar el sabor del plato, se puede sumar un ingrediente dulce: semillas de vainilla. Son opcionales, pero su aporte aromático transforma por completo la receta.

No se trata de que las papas queden dulces, sino de sumar una nota sutil que eleva el conjunto y le da una categoría distinta a un plato cotidiano. Este tipo de contrastes es cada vez más común en restaurantes en Buenos Aires, donde lo clásico se revisita con pequeños gestos creativos.

Ingredientes simples, resultado potente

La lista de ingredientes es directa y accesible:

  • Papas

  • Queso que funda bien

  • Panceta o bacon

  • Crema de leche

  • Manteca

  • Sal y pimienta negra

  • Semillas de vainilla (opcionales)

Nada fuera de lo común, pero combinados con criterio y técnica logran un plato que se luce tanto en una mesa familiar como en una carta de gastronomía porteña.

Armado en capas: orden y paciencia

El armado del gratinado es casi un ritual. Primero una capa de papas, luego sal y pimienta, un poco de crema, queso rallado, panceta y, si se usa, una pizca de vainilla. El proceso se repite hasta completar el molde, siempre cuidando que los sabores se repartan de manera uniforme.

El cierre es una última capa de papas, que será la encargada de dorarse y formar esa superficie burbujeante tan tentadora.

Horno y tiempo justo

Con el horno precalentado a 180 °C, las papas gratinadas necesitan una cocción prolongada para lograr el punto ideal. Cerca de una hora es suficiente para que el interior quede tierno y la superficie bien dorada.

El resultado es un plato aromático, cremoso y lleno de matices, que demuestra cómo un ingrediente cotidiano puede transformarse con algunos trucos bien pensados.

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