10/02/2026
El arroz parece simple, pero tiene más ciencia de la que muchos creen. Pequeños descuidos pueden arruinar su textura y sabor. Acá repasamos los errores más comunes y los trucos clave para lograr un arroz perfecto, como el que sirven en los mejores restaurantes en Buenos Aires.
En la gastronomía porteña, el arroz es un básico absoluto. Acompaña carnes, pescados, verduras y también se luce como plato principal. Sin embargo, lograr que quede bien cocido, suelto y sabroso no siempre es tan automático como parece.
Aunque se prepare todos los días, el arroz necesita atención, tiempos precisos y ciertos cuidados técnicos. Los cocineros profesionales lo saben: desde el lavado inicial hasta el reposo final, cada paso impacta directamente en el resultado. Y no hace falta ser chef para aplicar estos trucos en casa.
Uno de los errores más frecuentes es usar el arroz directamente del paquete. El enjuague previo es clave para eliminar el almidón superficial, responsable de esa textura pegajosa que nadie busca (salvo en casos puntuales).
La intensidad del lavado depende de la receta. Para preparaciones donde se necesita un grano bien suelto, el agua debe salir clara tras varios enjuagues. En otros platos, el lavado puede ser más leve. Este primer gesto define gran parte del resultado final.

Cada tipo de arroz responde distinto al calor. No todos se cocinan igual ni en el mismo tiempo. El arroz blanco necesita menos minutos que el integral, que es más resistente y firme.
Respetar los tiempos evita que el grano quede duro por dentro o pasado por fuera. Además, el reposo posterior es parte del proceso, no un detalle menor. Apurar este paso es uno de los errores más comunes en la cocina hogareña.
El equilibrio entre arroz y líquido es fundamental. Mucha agua genera un arroz blando y sin gracia; poca agua lo deja crudo o pegado al fondo.
La regla general es simple: dos medidas de líquido por cada medida de arroz. A partir de ahí, cada receta o envase puede ajustar esa proporción. Mantener esta relación permite una absorción pareja y una cocción más controlada.

Una vez que el arroz entra en la olla, lo mejor es dejarlo tranquilo. Revolver rompe los granos y libera más almidón, lo que termina en una textura pastosa.
El arroz necesita cocerse sin interferencias. Dependiendo del resultado buscado, puede cocinarse tapado o destapado, pero siempre evitando la manipulación constante. Menos movimiento, mejor resultado.
No cualquier olla sirve. Los recipientes de paredes finas concentran demasiado calor en la base y facilitan que el arroz se queme.
Las ollas de fondo grueso distribuyen mejor la temperatura y permiten una cocción pareja. Este detalle marca la diferencia entre un arroz bien logrado y uno con sabor a quemado, algo imperdonable incluso en casa.
Apurar la cocción con fuego fuerte es una tentación común, pero suele terminar mal. El calor excesivo evapora el líquido antes de que el grano se hidrate correctamente.
El secreto está en el fuego bajo y constante. Esa intensidad moderada permite que el arroz se cocine de manera uniforme, sin sobresaltos ni accidentes.

Cuando se apaga el fuego, el arroz todavía no está listo. El reposo permite que la humedad interna se redistribuya y que el grano termine de afirmarse.
Este momento también ayuda a que se integren mejor los sabores, especialmente si se usaron especias o caldos. Servirlo de inmediato suele arruinar todo el trabajo previo.
Si la receta lleva caldo u otro líquido, este debe estar caliente al incorporarse. Agregar líquido frío corta la cocción y afecta el punto final del grano.
Mantener la cadena de calor es fundamental para que el arroz no pierda textura ni consistencia. Es un detalle simple, pero muy efectivo.
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