24/08/2026
El vermut es mucho más que una bebida aromatizada. En Argentina, se convirtió en un ritual social atravesado por la inmigración, los bares de barrio, el sifón, la picada y esa costumbre de sentarse a conversar antes de comer. Aunque su origen moderno está ligado a Europa, especialmente a Italia y Francia, el vermut encontró en el país una identidad propia.
Su fórmula combina vino, botánicos, sustancias amargas y, según el estilo, azúcar o caramelo. En la mesa argentina, esa base se transformó en una ceremonia sencilla y reconocible: hielo, vermut, soda, una rodaja de naranja o limón, aceitunas y algo para picar. Un aperitivo que volvió a ganar lugar en las barras, pero que en realidad nunca desapareció del todo.
El vermut es un vino compuesto y aromatizado con hierbas, especias, raíces, flores, cortezas y otros botánicos. Puede ser rojo, blanco, seco, dulce, más amargo o más especiado, según la receta y el estilo.
En Argentina, el Código Alimentario Argentino establece que los vinos compuestos, entre ellos el vermut, deben elaborarse con no menos de 75% en volumen de vino. A esa base se le pueden sumar alcohol, sustancias amargas, estimulantes y aromáticas autorizadas, además de azúcar, mosto concentrado o mistela.
Esa definición explica por qué el vermut tiene una relación tan fuerte con la industria vitivinícola. No es simplemente un licor ni un trago preparado: parte de una base de vino que luego se transforma mediante aromatización y equilibrio de sabores.

La historia del vermut está vinculada a las antiguas bebidas medicinales elaboradas con vino y hierbas. Durante siglos, distintas culturas maceraron plantas amargas en vino con fines digestivos o terapéuticos.
Uno de los ingredientes más importantes fue el ajenjo, una planta amarga que aparece asociada a este tipo de preparaciones desde la antigüedad. De hecho, la palabra vermut deriva del alemán wermut, que significa ajenjo.
En Europa, esas recetas fueron evolucionando hasta convertirse en bebidas de aperitivo. Lo que en un principio se pensaba como brebaje medicinal terminó ocupando un lugar en cafés, bares, almacenes y reuniones sociales.
El desarrollo moderno del vermut está fuertemente ligado a Turín, en la región italiana del Piamonte. Allí, hacia fines del siglo XVIII, comenzó a consolidarse el estilo de vermut italiano, generalmente dulce, especiado y de color rojizo.
La historia moderna del vermut suele asociarse a Turín alrededor de 1786 y al crecimiento de casas como Carpano, Cinzano, Martini & Rossi y otras marcas que ayudaron a expandir el producto en Europa y América.
Ese estilo italiano se diferenció del francés, más seco y herbal. Con el tiempo, ambos modelos marcaron dos grandes familias de vermut: el tipo Torino, más dulce y especiado, y el tipo francés, más seco.

El vermut llegó a la Argentina junto con las grandes corrientes migratorias europeas, especialmente italianas y españolas, entre fines del siglo XIX y comienzos del XX. Con los inmigrantes llegaron oficios, recetas, costumbres familiares y una forma de sociabilidad muy ligada al aperitivo.
La pausa antes de la comida, el copetín, el encuentro en el bar o la mesa familiar fueron espacios ideales para que el vermut se integrara rápidamente a la cultura local.
Marcas como Cinzano, Martini & Rossi y Cora comenzaron a aparecer en almacenes, bares, cafés y publicidades. Lo que al principio podía verse como una bebida de inspiración europea terminó adaptándose a la vida cotidiana argentina.
La importancia del mercado argentino fue tan grande que Cinzano llegó a instalarse productivamente en el país. En 1923, la firma adquirió una bodega en San Juan destinada a la elaboración de vinos base para vermut.
Ese dato muestra cómo la bebida dejó de ser solo una importación para integrarse a la producción vitivinícola nacional. La base vínica argentina pasó a formar parte del proceso y reforzó la relación entre vermut, bodegas y consumo local.
San Juan, Mendoza y otras regiones vitivinícolas aportaron al desarrollo de una bebida que, aunque nacida en Europa, encontró en Argentina un territorio ideal para crecer.
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En Argentina, el vermut encontró dos compañeros inseparables: el sifón y la picada. La soda permite regular la intensidad del trago, hacerlo más liviano y adaptarlo al gusto de cada persona.
La picada, en cambio, convierte el aperitivo en una experiencia compartida. Aceitunas, queso, salamín, papas fritas, maní, fiambres, berenjenas en escabeche o pan casero forman parte de esa escena que se repite en bares, bodegones y casas familiares.
El sonido del hielo contra el vaso, la soda saliendo del sifón y el plato al centro de la mesa construyen una postal profundamente argentina. El vermut no se toma apurado: se conversa, se comparte y se estira el momento.

El vermut se integró a la identidad argentina porque acompañó hábitos sociales muy arraigados: reunirse, picar algo antes de comer, ir al bar del barrio o compartir una mesa familiar.
Durante buena parte del siglo XX, los aperitivos fueron protagonistas de la vida cotidiana. El vermut se tomaba en bodegones, clubes, cafés, almacenes y hogares. Era una bebida accesible, social y fácil de preparar.
Con el paso de los años, su consumo quedó asociado durante un tiempo a generaciones mayores. Sin embargo, esa imagen cambió: las nuevas barras, vermuterías y productores artesanales recuperaron la tradición y la actualizaron para nuevos públicos.
El nuevo vermut argentino se apoya en una base histórica, pero suma innovación. Cada vez más productores trabajan con vinos nacionales, botánicos regionales, hierbas autóctonas, frutas, especias y recetas propias.
También aparecieron formatos listos para tomar, como vermut con soda en lata, pensados para consumos más prácticos, al paso o en encuentros informales.
Algunas etiquetas modernas incorporan ingredientes de distintas regiones del país, desde hierbas cordilleranas hasta cítricos, raíces amargas y especias. Esto permite construir perfiles más locales, con identidad argentina, sin perder la esencia europea del aperitivo.

En Rosario, el vermut tiene una identidad particular. La ciudad combina tradición inmigrante, bares históricos, veredas amplias, cercanía con el Paraná y una escena gastronómica que recuperó el aperitivo como parte de su cultura urbana.
Allí, el vermut se asocia a encuentros sin apuro, charlas de mesa, picadas y bares donde la bebida funciona como punto de partida para compartir.
Esa tradición rosarina forma parte de un fenómeno más amplio: distintas ciudades argentinas reinterpretan el vermut desde su propia historia, sus bares y sus nuevas generaciones de consumidores.
El vermut rojo suele ser más dulce, especiado y con notas de caramelo, hierbas y frutas maduras. Es ideal para tomar con soda, hielo y cítricos.
El vermut blanco puede ser más fresco, floral y amable, con un perfil menos intenso. Funciona bien con hielo, soda o tónica.
El vermut seco, asociado al estilo francés, tiene un carácter más herbal, menos dulce y más elegante. Es muy usado en coctelería, pero también puede tomarse frío como aperitivo.
La elección depende del gusto personal: quienes buscan un trago clásico suelen ir por el rojo; quienes prefieren algo más fresco pueden elegir blanco; y quienes disfrutan los sabores más secos, el estilo francés.
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