08/07/2026
La picada argentina nació de la mezcla entre inmigrantes italianos y españoles, el vermut, los bares de barrio y los productos regionales. Hoy es un clásico de reuniones, asados y partidos de la Selección.
La picada argentina no tiene una fecha exacta de nacimiento ni un único creador. Su historia se formó lentamente entre fines del siglo XIX y principios del siglo XX, cuando la Argentina recibió una gran ola de inmigrantes europeos que transformó la vida cotidiana del país, desde los barrios y los oficios hasta la manera de comer y compartir la mesa.
Italianos y españoles trajeron costumbres gastronómicas que, con el tiempo, se mezclaron con productos locales. De esa combinación surgió una tradición simple, flexible y profundamente social: poner pequeños bocados en el centro de la mesa para compartir antes de una comida, durante una reunión familiar, en la previa de un asado o mientras juega la Selección Argentina.
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La historia de la picada está directamente relacionada con dos costumbres europeas que encontraron en Argentina un lugar propio. De Italia llegó el antipasto, una preparación pensada para abrir el apetito con fiambres, quesos, aceitunas, conservas y vegetales. De España llegó la tradición de las tapas, pequeñas porciones servidas para acompañar una bebida y favorecer la conversación.
En Argentina, esas influencias se mezclaron con salames, quesos, panes, aceitunas, encurtidos, maníes y fiambres producidos en distintas regiones del país. Así nació una forma de comer que no depende de una receta cerrada, sino de una idea central: compartir.
La palabra "picada" resume muy bien esa lógica. No se trata de un plato individual, sino de una mesa común. Cada persona toma una rodaja de salame, un cubo de queso, una aceituna, un grisín o un pedazo de pan. Esa dinámica convirtió a la picada en un ritual social, donde lo importante no es solo la comida, sino el encuentro.

Para entender por qué la picada argentina se volvió tan popular, también hay que mirar la historia del vermut y del copetín. Durante décadas, especialmente en Buenos Aires, Rosario y Córdoba, el momento previo a la comida fue una excusa para tomar algo y acompañarlo con bocados salados.
En bares, cantinas y almacenes de ramos generales, una copa de vermut, ginebra o aperitivo podía llegar con maní, aceitunas, papas fritas, queso o algún fiambre cortado fino. El vermut, muy asociado a la inmigración italiana, se incorporó a la vida urbana con soda, hielo, naranja o aceituna, y quedó ligado a la pausa, la charla y el encuentro.
Con el paso del tiempo, ese copetín liviano se transformó en una picada más completa. Dejó de ser solo un acompañamiento y empezó a ocupar un lugar propio en la cultura argentina. En muchas casas, preparar una picada es casi una señal: hay reunión, hay conversación y hay tiempo para quedarse un rato más.

Con las generaciones, la picada encontró otro escenario clave: las juntadas para ver a la Selección Argentina. En los Mundiales y en los partidos importantes, la mesa suele llenarse de camisetas, nervios, cábalas y comida fácil de compartir. En ese contexto, la picada se volvió una opción infaltable.
Su ventaja es simple: no interrumpe el partido. Cada persona puede servirse algo sin dejar de mirar la pantalla, comentar una jugada o gritar un gol. Salame, queso, papas fritas, maní, aceitunas y pan forman parte del ritual futbolero, casi al mismo nivel que la camiseta, la bandera y la previa con amigos o familiares.
Esta costumbre muestra cómo la picada argentina funciona mucho más allá de lo gastronómico. Es una comida práctica, pero también emocional. Se arma rápido, se comparte entre todos y acompaña la ansiedad colectiva de cada encuentro. Por eso, en muchas casas argentinas, ver jugar a la Selección sin una picada en la mesa se siente como si faltara algo.

La expansión de la picada argentina también estuvo ligada al crecimiento de la producción local de quesos y chacinados. En distintas provincias, las recetas familiares y las técnicas artesanales dieron origen a productos con identidad propia, muchos de ellos asociados a historias inmigrantes y a economías regionales.
Uno de los casos más reconocidos es el Salame de Tandil, en la provincia de Buenos Aires, que obtuvo su Denominación de Origen mediante la Resolución 986/2011. Ese reconocimiento protege el vínculo del producto con su territorio, sus materias primas y su método de elaboración.
Otro ejemplo es el Salame Típico de Colonia Caroya, en Córdoba, reconocido con Indicación Geográfica a través de la Resolución 37/2014. Esta distinción resguarda una tradición productiva muy ligada a la historia de la inmigración en esa región cordobesa.
Estos productos muestran que la picada no es solo una costumbre urbana. También representa parte de la historia productiva del interior argentino, donde los fiambres, quesos, panes y conservas se convirtieron en símbolos de identidad local.
La picada argentina se convirtió en una costumbre nacional porque reúne varias características muy propias de la cultura local: es flexible, abundante, compartida y permite alargar la conversación. Puede aparecer antes de un asado, en un cumpleaños, durante un partido, en una reunión familiar o en una noche informal con amigos.
Además, tiene un valor afectivo. La picada no se sirve para comer en silencio, sino para conversar, esperar, celebrar y compartir. Nadie tiene un plato cerrado; todos participan de la misma mesa. Ese detalle, simple pero poderoso, explica por qué logró sobrevivir a los cambios de época.
Hoy existen versiones clásicas, gourmet, vegetarianas, veganas y regionales. Algunas incluyen hummus, frutos secos, vegetales grillados, panes artesanales, quesos especiales o productos ahumados. Sin embargo, su esencia sigue siendo la misma: pequeños bocados reunidos en una mesa común.

La picada argentina es mucho más que una combinación de fiambres y quesos. Es el resultado de una historia colectiva que empezó con inmigrantes, siguió en bares y almacenes, se fortaleció en reuniones familiares y hoy sigue presente en momentos clave de la vida cotidiana.
Cada tabla cuenta una parte de la identidad nacional: la herencia italiana y española, la producción regional, el ritual del vermut, la previa del asado y las juntadas para ver a Argentina en un Mundial. Por eso, aunque cambien los ingredientes o las modas gastronómicas, la picada conserva algo que la vuelve única: su capacidad de reunir a todos alrededor de la misma mesa.
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