13/01/2026
Entrar por primera vez a un bar porteño es meterse en un ritual cotidiano que cambia según la hora. Café, medialunas, tragos y aperitivos conviven en un mismo mostrador. Esta guía simple te cuenta qué pedir en cada momento del día para sentirte local desde el primer sorbo.
En Buenos Aires, el bar es una extensión de la casa, la oficina y la calle. Funciona como punto de encuentro, pausa obligada y excusa perfecta para charlar. A diferencia de otros lugares, acá un mismo local puede ser cafetería por la mañana, restaurante al mediodía y bar de tragos cuando cae el sol.
Para quienes están acostumbrados a recorrer restaurantes en Buenos Aires o buscan nuevas experiencias dentro de la gastronomía porteña, entender esta dinámica es fundamental. No se trata solo de sentarse y pedir: se trata de elegir bien según la hora.
Si hay un momento sagrado en el bar porteño es el de la mañana o la tarde. Desayunar o merendar afuera no es un lujo, es una costumbre profundamente arraigada.
El pedido más clásico es el café con leche acompañado de medialunas. Y acá hay un detalle clave: no todas son iguales. Lo habitual es pedir "dos de grasa y una de manteca", una fórmula infalible para probar ambas versiones y entender por qué generan tanta discusión entre fanáticos.
Otra opción infaltable es el tostado de jamón y queso. En Buenos Aires no se hace con cualquier pan: lo tradicional es el pan de miga, bien prensado y tostado hasta que quede crocante por fuera y suave por dentro. Simple, efectivo y sin vueltas.
Para quienes buscan algo distinto, aparece el submarino. La escena es casi un espectáculo: una taza de leche caliente y una barra de chocolate que se derrite lentamente. Ideal para tardes largas y charlas sin apuro.
Y si el antojo es dulce, el alfajor no falla. Ya sea de maicena o de chocolate, es el compañero natural del café y una postal fija de cualquier bar clásico.

A medida que avanza el día, el bar empieza a cambiar de clima. La merienda se estira, el café convive con charlas más largas y algunos ya empiezan a mirar la carta con otros ojos.
Este momento es clave para quienes recorren la ciudad buscando dónde comer en [barrio] sin necesidad de sentarse en un restaurante formal. El bar porteño ofrece esa flexibilidad: podés quedarte media hora o tres horas, nadie te apura.
Cuando cae el sol, el bar se transforma. Aparecen los hielos, las botellas y una cultura de coctelería que forma parte de la identidad porteña.
El trago que no necesita presentación es el fernet con cola. Considerado casi una bebida nacional, se sirve siempre con mucho hielo y en proporciones generosas. No pedirlo en un bar porteño es casi un acto de rebeldía.
Junto al fernet, los aperitivos clásicos tienen un lugar asegurado. El Negroni es uno de los más pedidos en la ciudad, seguido de cerca por el Aperol Spritz y el Cynar con pomelo. Son tragos que se toman despacio, ideales para charlar y estirar la noche.
Para los amantes del vino, el Malbec aparece como una opción segura. Cualquier bar porteño suele ofrecerlo por copa, y es una forma simple de conectarse con una de las cepas más representativas del país sin pasar por una carta extensa.
La cerveza también dice presente. Lo habitual es pedir una pinta de cerveza artesanal o un chopp si la idea es algo más tradicional. Fresca, bien tirada y sin demasiadas vueltas.

Si la idea es vivir el costado más auténtico de la ciudad, hay una recomendación que no falla: visitar los Bares Notables de Buenos Aires. Son locales históricos que forman parte del patrimonio cultural y mantienen viva la tradición del bar porteño.
Café Tortoni y Bar Británico son dos ejemplos emblemáticos. Sentarse ahí no es solo consumir: es observar, escuchar conversaciones ajenas y sentirse parte de una escena que se repite hace décadas.
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