13/01/2026
Lejos del frozen y de las versiones dulzonas, el Daiquiri clásico es uno de los cócteles más elegantes y honestos de la coctelería. Con ron blanco, lima y azúcar en la medida justa, este trago demuestra que el secreto no está en sumar ingredientes, sino en lograr el balance perfecto.
En el mundo de la gastronomía porteña, el Daiquiri tiene una historia particular. Muchos lo asocian a tragos frutados, granizados y cargados de azúcar, pero el original va por otro camino. El auténtico Daiquiri se sirve bien frío, sin hielo en la copa, y apuesta todo a la armonía entre sus tres componentes básicos.
No hay margen para improvisar demasiado: cuando alguno de los ingredientes se pasa de rosca, el cóctel pierde identidad. Por eso, tanto en bares clásicos como en cartas más modernas de restaurantes en Buenos Aires, el Daiquiri bien ejecutado es una especie de prueba de fuego para cualquier bartender.
La clave del Daiquiri está en entender el rol de cada elemento y respetar las proporciones. No es un trago complejo, pero sí extremadamente sensible a los desbalances.
Ron blanco: el protagonista absoluto
El ron es la base del cóctel y el sabor que debe liderar el conjunto. Se utilizan 60 ml de ron blanco, preferentemente de buena calidad, ya que no hay otros ingredientes que lo tapen. Un ron pobre se nota enseguida.
Jugo de lima fresco: acidez justa y controlada
La lima aporta frescura y carácter. La cantidad puede variar entre 22,5 y 30 ml, según el perfil que se busque, pero siempre debe ser jugo recién exprimido. La acidez correcta es fundamental para que el trago no resulte empalagoso ni agresivo.
Almíbar simple: dulzor sin textura arenosa
El azúcar entra en forma de almíbar, nunca directamente. Se usan entre 15 y 22,5 ml de sirope simple, preparado con partes iguales de agua y azúcar blanca. Esto asegura que el dulzor se integre de manera uniforme y elegante.

Aunque el Daiquiri se sirve sin hielo, el frío es innegociable. El hielo se utiliza en abundancia dentro de la coctelera y también para enfriar la copa antes de servir.
Este detalle es clave en bares y dónde comer en Buenos Aires donde se cuida la experiencia completa: un Daiquiri tibio arruina incluso los mejores ingredientes. La temperatura correcta es parte esencial del resultado final.
Enfriar la copa
Antes de empezar, se coloca hielo en una copa tipo Coupé o Martini, o directamente se la lleva al congelador. Este paso garantiza que el cóctel mantenga su temperatura ideal desde el primer sorbo.
Mezclar los ingredientes
En una coctelera llena de hielo se agregan el ron blanco, el jugo de lima y el almíbar. El orden no altera el resultado, pero sí es importante medir con precisión.
Batido intenso y corto
Se agita con fuerza durante 10 a 15 segundos. La señal correcta es táctil: la coctelera debe sentirse muy fría por fuera. Ese punto asegura una dilución justa y una textura equilibrada.
Doble colado, sin excepciones
Una vez frío, se descarta el hielo de la copa. El líquido se sirve utilizando un colador de bar y uno fino de malla al mismo tiempo. Esto evita restos de pulpa o pequeños fragmentos de hielo y deja el trago sedoso y limpio.

El Daiquiri no necesita decoración excesiva. Una rodaja fina de lima o un twist en el borde de la copa es más que suficiente. Todo lo demás sobra.
En muchos espacios de gastronomía porteña, esta simpleza es parte del encanto: un cóctel elegante, directo y sin artificios.
Uno de los fallos más habituales es usar azúcar granulada sin disolver. Si no se transforma en almíbar o no se integra bien con el jugo de lima antes del hielo, el resultado es una textura arenosa que rompe el trago.
Otro error frecuente es descuidar la temperatura. Sin copa fría o con poco batido, el Daiquiri pierde frescura y se vuelve plano. En un cóctel tan minimalista, esos detalles marcan la diferencia.
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