08/06/2026
Llegó desde Génova con la inmigración italiana y terminó convirtiéndose en uno de los símbolos más reconocibles de la gastronomía de Buenos Aires.
La historia del fainá es también parte de la historia de Buenos Aires. Mucho antes de convertirse en el compañero inseparable de la muzzarella, esta preparación elaborada con harina de garbanzos, agua, aceite y pimienta ya formaba parte de las tradiciones culinarias que los inmigrantes italianos trajeron al Río de la Plata.
Hoy resulta difícil imaginar una pizzería tradicional sin una porción de fainá junto a la pizza. Sin embargo, su recorrido comenzó al otro lado del Atlántico, en la región de Liguria, y encontró en Buenos Aires una segunda patria gastronómica donde desarrolló una identidad propia.
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En Italia, esta preparación es conocida como farinata, una especialidad típica de Génova y de toda la región de Liguria. Se trata de una receta sencilla nacida de la cocina popular, elaborada con pocos ingredientes y cocinada en hornos muy calientes hasta obtener una superficie dorada y un interior suave.
A fines del siglo XIX, miles de inmigrantes italianos llegaron a Buenos Aires y trajeron consigo sus costumbres gastronómicas. Entre ellas apareció la farinata, que rápidamente comenzó a difundirse en barrios con fuerte presencia genovesa como La Boca.
Con el tiempo, la preparación se adaptó a los gustos y hábitos locales. Distintas reconstrucciones históricas señalan que una de las primeras elaboraciones registradas en Buenos Aires habría tenido lugar en 1882, vinculada a hornos utilizados por inmigrantes italianos instalados en la ciudad.

Lo más curioso es que la unión entre pizza y fainá no surgió en Italia, sino en Argentina.
Mientras que en Génova la farinata suele consumirse sola como plato independiente, en Buenos Aires se consolidó una costumbre completamente diferente: colocar una porción de fainá sobre la pizza, una práctica conocida popularmente como pizza a caballo.
La explicación tiene relación con la propia evolución de la pizza porteña. A diferencia de las versiones italianas tradicionales, la pizza de Buenos Aires se volvió más alta, más abundante en queso y más asociada al consumo rápido en mostradores y pizzerías de barrio.
En ese contexto, el fainá aportó una textura distinta, ayudó a equilibrar sabores y terminó convirtiéndose en parte inseparable de la experiencia gastronómica porteña.

La expansión del fainá acompañó el crecimiento de las primeras pizzerías de la ciudad. Barrios como La Boca fueron fundamentales para consolidar una identidad gastronómica que mezcló tradiciones italianas con costumbres locales.
Con el paso de las décadas, la costumbre llegó a otros puntos de Buenos Aires y terminó instalándose en las grandes pizzerías de la Avenida Corrientes, donde generaciones de porteños adoptaron la clásica combinación de pizza, fainá y moscato.
Muchas de las pizzerías históricas que hoy forman parte del patrimonio gastronómico porteño continúan elaborando el fainá de manera tradicional, respetando técnicas que prácticamente no cambiaron desde hace más de un siglo.

Más allá de sus ingredientes simples, el fainá representa una parte importante de la identidad cultural de Buenos Aires.
Su historia refleja el aporte de la inmigración italiana a la cocina argentina y demuestra cómo una receta humilde logró transformarse en un emblema local. Lo que comenzó como una preparación típica de Génova terminó convirtiéndose en una costumbre que millones de personas asocian automáticamente con la pizza porteña.
Por eso, cuando alguien pide una porción de muzzarella acompañada de fainá, no está eligiendo solamente una comida. También está participando de una tradición que lleva más de cien años formando parte de la vida cotidiana de la ciudad.
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