19/02/2026
Son delicadas, sabrosas y protagonistas del verano, pero también una de las frutas que más rápido se arruinan. Con algunos trucos simples, las frutillas pueden durar muchos más días en la heladera sin perder frescura ni sabor.
Son irresistibles, están en plena temporada y transforman cualquier postre. Pero también son frágiles y se echan a perder rápido. Las frutillas pueden pasar de firmes y brillantes a blandas y con moho en cuestión de días. La buena noticia: con algunos cuidados simples, es posible extender su frescura y evitar desperdicios en casa.
Comprar una bandeja y que a los dos días aparezcan manchas blancas es una escena común en muchas cocinas. Esto ocurre porque las frutillas tienen una piel muy delicada y alto contenido de agua, lo que las vuelve especialmente vulnerables al desarrollo de hongos y bacterias. Pero pequeños cambios en la forma de almacenarlas pueden hacer una gran diferencia.
A diferencia de otras frutas, las frutillas no tienen una cáscara gruesa que las proteja. Además, suelen venir en envases cerrados donde se acumula humedad. Esa combinación -fragilidad + humedad + falta de ventilación- genera el ambiente ideal para el moho.
Otro punto clave: cuando una frutilla empieza a descomponerse, acelera el deterioro del resto. Por eso es importante revisarlas apenas llegás del supermercado o la verdulería.
Puede parecer lógico lavar la fruta ni bien llega a casa, pero en el caso de las frutillas es un error frecuente.
La humedad acelera la aparición de hongos. Si las lavás y luego las guardás, aunque las seques superficialmente, es muy probable que quede agua retenida entre sus semillas o en pequeñas cavidades de la superficie.
La regla de oro: guardarlas sin lavar y limpiarlas recién en el momento en que se van a consumir.
Uno de los métodos más efectivos para prolongar su vida útil es realizar un baño breve en vinagre.
Mezclá 1 parte de vinagre blanco con 3 partes de agua.
Sumergí las frutillas durante 2 a 3 minutos.
Enjuagalas con agua fría.
Secalas completamente, una por una, con papel absorbente.
Guardalas recién cuando estén totalmente secas.
Este procedimiento ayuda a eliminar esporas de moho y bacterias presentes en la superficie, lo que puede extender su duración varios días más.
Clave: si no se secan bien, el efecto puede ser el contrario. La humedad residual es el principal enemigo.
Además del lavado (o no lavado), el almacenamiento es fundamental.
Usá un recipiente amplio.
Colocá papel absorbente en la base.
Evitá apilarlas en exceso.
Cuanto menos se aplasten entre sí, mejor.
Si el recipiente tiene pequeños orificios o una tapa que no cierre herméticamente, mejor. La circulación de aire reduce la condensación.
Separalas de otras frutas
Manzanas, bananas y peras liberan etileno, un gas natural que acelera la maduración. Si están cerca de las frutillas, pueden hacer que se deterioren antes.
Guardadas sin lavar y en buen estado: entre 3 y 5 días.
Con baño de vinagre y secado correcto: hasta 7 o incluso 10 días.
Congeladas adecuadamente: varios meses.
Si aprovechaste una buena oferta o están en plena temporada, congelarlas es una excelente alternativa.
Lavarlas.
Secarlas completamente.
Cortarles el cabito.
Colocarlas en una bandeja en una sola capa.
Una vez congeladas, pasarlas a una bolsa hermética.
Así evitás que se peguen entre sí y podés usarlas luego para licuados, salsas, mermeladas o postres.
Conservar mejor las frutas no solo mejora tu experiencia en la cocina, sino que también reduce el desperdicio de alimentos y optimiza tu presupuesto.
Las frutillas son protagonistas de tartas, cheesecakes, ensaladas frescas, desayunos y cócteles. Mantenerlas frescas unos días más puede marcar la diferencia entre disfrutarlas en su punto justo o tirarlas antes de tiempo.
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